¿Cuánto vale un ser humano hoy?
Durante mucho tiempo, la inteligencia nos ha ayudado a explicar por qué somos especiales. Esa explicación se está volviendo incómoda.
Algo cambió para mí la semana pasada.
El 29 de septiembre, la Casa Blanca reunió a líderes de OpenAI, Anthropic, Meta, Google, Nvidia y xAI para hablar de seguridad en IA. Firmaron un acuerdo voluntario sobre controles de seguridad y auditorías para los modelos más capaces. El mismo día, el presidente Trump firmó una orden ejecutiva que obliga a todo el poder ejecutivo federal a usar “Super Intelligence” y “SI” en lugar de “Artificial Intelligence” y “AI” en comunicaciones oficiales, sitios web, informes y documentos de política. La orden cambia el nombre primero y pide la definición después: el asesor de ciencia y tecnología del presidente tiene 60 días para proponer una definición legal. La terminología es política, no científica. Pero el punto de fondo es difícil de ignorar: la inteligencia por fuera de la mente humana ya es lo suficientemente importante como para discutirse en términos de infraestructura, política pública y estrategia nacional.
También el 29, el DevDay de OpenAI hizo visible el otro lado de ese cambio. La compañía presentó Dots, agentes que permanecen activos en el tiempo y persiguen objetivos a través de distintas aplicaciones, y sumó uso del computador a su Agents API, que ya ofrecía ejecución alojada y herramientas. Ninguna de esas capacidades, por separado, es un acontecimiento filosófico. Juntas describen un cambio muy práctico.
La inteligencia se está convirtiendo en algo que podemos construir por fuera de nosotros mismos, desplegar, ponerle precio, darle permisos y conectar con el resto del mundo.
Es un desarrollo extraño para una especie que se llamó a sí misma Homo sapiens, el ser humano que sabe. Linneo nos definió con una orden: conócete a ti mismo.
Durante buena parte de nuestra historia, la inteligencia ha estado cerca del centro del relato que contamos sobre nosotros mismos. Cada vez que otro animal complicaba ese relato, movíamos la frontera.
Se suponía que el uso de herramientas nos separaba. Después encontramos animales que también las usan. La memoria, la cooperación, la planeación, la comunicación y la cultura también resultaron existir, de alguna forma, en otros animales.
Entonces la línea se movió hacia arriba.
Lenguaje. Razón. Matemáticas. Ciencia. Civilización.
Siempre había otra cima donde pararnos.
La IA hace que esa estrategia sea más difícil porque está entrando directamente en los sistemas que construimos alrededor de la cognición misma. Escribe software, produce imágenes, busca, planea, opera herramientas y participa en trabajo científico. Ahora también puede seguir actuando más allá de un solo intercambio.
Nada de esto vuelve humana a una máquina. Hasta donde sabemos, estos sistemas no experimentan hambre, vergüenza, deseo, duelo, ternura, miedo o amor. No crecen dentro de familias ni cargan recuerdos de infancia como los cargamos nosotros. No parecen saber que van a morir.
Esas diferencias pueden terminar siendo enormes. Pero la inteligencia, por sí sola, es una base cada vez más débil para trazar la frontera.
Yo venía pensando en todo esto principalmente como un problema intelectual, hasta que entré al Museo Tamayo en Ciudad de México. Estoy acá este mes, sobre todo por Design Week Mexico y Mexico Tech Week, pasando mucho tiempo pensando en inteligencia artificial, tecnología, diseño y en qué se está convirtiendo todo esto.
Dentro del museo, en la exposición Tamayo, Nieto, Toledo. Los años en París, la pregunta de repente se volvió menos abstracta.
Una de las primeras obras que me hizo parar fue de Rodolfo Nieto, de su serie Zoología mental. Es densa e inestable. El color se acumula sobre el color. Formas orgánicas aparecen y desaparecen. La composición parece estar convirtiéndose todo el tiempo en algo sin terminar de llegar a ninguna parte. Se siente viva.

Rodolfo Nieto, Sin título, 1964. Serie Zoología mental. Esmalte sobre tela. Colección Familia Corona Bähre.
Otra obra de Nieto, Noche transfigurada (1966), hace casi lo contrario. Puntos, líneas y formas viven dentro de un campo mucho más oscuro. El color parece tragado por la oscuridad. Me resultó dolorosa.
Y después está Tamayo. En Juego de niños, buena parte de la imagen parece enterrada bajo el gris. Casi como si hubiera terminado la pintura y luego hubiera cubierto una parte con niebla.

Rufino Tamayo, Juego de niños, 1960. Óleo sobre tela. Colección privada, cortesía Galería Lourdes Sosa.
Ese gesto me puso a pensar. Hay algo extraño en hacer una imagen y luego esconder parte de ella. En construir una forma y negarse a resolverla por completo. En poner color y después apagarlo. Raspar, superponer, borrar, repetir.
La obra se siente intencional sin sentirse explicada de más.
No creo que lo interesante sea decir que la IA nunca podría producir algo visualmente parecido. Obviamente puede. La IA ya puede reproducir textura, distorsión, pinceladas, collage, irregularidad y casi cualquier lenguaje visual que podamos describir. Va a seguir mejorando.
Con el tiempo, “verse humano” puede terminar siendo una de las estéticas más fáciles de fabricar.
Lo que me interesó era otra cosa, algo debajo de la imagen.
¿Por qué uno de nosotros necesitó hacer algo así?
Nuestra inteligencia no evolucionó por su cuenta. Evolucionó dentro de un cuerpo, dentro de un animal que siente hambre, forma vínculos y depende por completo de otros al comienzo de la vida. Y esa dependencia, en realidad, nunca se acaba.
Prácticamente no hay una versión de nuestras vidas que transcurra de verdad en soledad. Seguimos dependiendo unos de otros para la comida, el conocimiento, la seguridad, el lenguaje, la identidad, el cuidado, el trabajo y el sentido de pertenencia. Hasta la fantasía de la independencia total es posible gracias a sistemas construidos y mantenidos por otras personas.
Buscamos pertenecer. Tememos el rechazo. Competimos por estatus. Jugamos, deseamos, hacemos duelo, recordamos a quienes ya no están y anticipamos la pérdida. Eventualmente entendemos que vamos a morir.
A menudo hablamos de la emoción como si fuera algo que se le añade a la inteligencia. La razón por un lado. El sentimiento por otro.
Pero los sistemas cerebrales detrás de la emoción son más antiguos. Los compartimos con otros animales, y vienen de los problemas biológicos que nuestros antepasados tuvieron que resolver simplemente para sobrevivir juntos. El apego importa porque los niños humanos dependen de otros durante un tiempo inusualmente largo. Pertenecer importa porque, para nuestros antepasados, el aislamiento podía ser fatal. El miedo importa porque los organismos que no detectaban el peligro dejaban menos descendientes.
Deseo, celos, afecto, juego, duelo, estatus y cuidado están enredados en el tipo de animal en el que nos convertimos.
La inteligencia evolucionó dentro de esa condición. El arte también.
Una pintura importa porque algo le importó a la persona que la hizo. Algo fue deseado, recordado, temido, rechazado, protegido, llorado o explorado. Los trazos hacen parte de ese encuentro. Son evidencia de lo que significa experimentar el mundo desde adentro de una de nuestras vidas.
Casi toda conversación sobre IA termina convirtiéndose en una conversación sobre utilidad.
¿Qué trabajos van a quedar? ¿Qué habilidades van a importar? ¿Qué podemos seguir haciendo mejor? ¿Qué se vuelve más barato? ¿Quién se vuelve más productivo? ¿Qué deberíamos automatizar?
Son preguntas importantes. Pero debajo de ellas hay otra suposición: que nuestro valor viene de nuestra utilidad.
Ya vivimos como si supiéramos que eso no es cierto.
Un recién nacido no aporta nada económicamente. En términos estrictamente prácticos, es una carga. Cuesta tiempo, dinero, sueño, atención y trabajo. Exige muchísimo de sus padres y de la comunidad a su alrededor.
Y aun así, los padres reorganizan su vida alrededor de ese niño. Las familias lo protegen. Las comunidades construyen sistemas para cuidarlo.
Su valor no se gana siendo útil. Es intrínseco.
Lo mismo ocurre al otro extremo de la vida.
Una persona con demencia avanzada puede perder memoria, lenguaje, razonamiento e independencia. Puede aportar muy poco en términos prácticos y requerir muchísimo cuidado.
No por eso vale menos. Su valor nunca dependió de su productividad.
No escogemos a nuestros amigos por velocidad de procesamiento. No amamos a nuestros padres porque superan a otros padres en pruebas cognitivas. Una persona extraordinariamente inteligente puede causar mucho sufrimiento. Alguien con una inteligencia perfectamente común puede convertirse en la persona más importante en la vida de otro ser humano.
Ya vivimos como si la inteligencia no fuera la fuente del valor humano. Y sin embargo, la inteligencia ha sido una de las principales maneras en que hemos justificado nuestra propia importancia.
Esa contradicción siempre estuvo ahí. La IA está haciendo más difícil ignorarla.
Precio, utilidad, productividad: cada una es una manera de preguntar cuánto vale algo. Ninguna funciona del todo para una persona.
Tal vez la inteligencia nunca fue la fuente de nuestro valor. Tal vez fue la fuente de nuestro poder.
Nos permitió construir ciudades, desarrollar matemáticas, componer música, inventar vacunas, dividir el átomo, fotografiar galaxias, reescribir genes y, eventualmente, construir máquinas capaces de participar en la cognición misma.
Ese poder es extraordinario. Pero poder y valor no son lo mismo.
Aquí aparece otra tentación. Si la inteligencia deja de ser exclusivamente humana, quizá otra propiedad ocupe su lugar.
Creatividad. Conciencia. Emoción. Empatía. Cuerpo. Amor. Mortalidad.
Escogemos otra capacidad y levantamos una nueva frontera alrededor de la humanidad. Pero eso repite el mismo error. Solo cambia la prueba.
Si la creatividad se convierte en la razón por la que importamos, ¿qué pasa con la persona que no puede crear? Si la conciencia es la respuesta, ¿cuánta conciencia hace falta? Si la riqueza emocional se vuelve el estándar, ¿qué pasa con alguien cuya capacidad para comunicar emociones está profundamente limitada?
Un recién nacido no necesita demostrar creatividad para merecer cuidado. Una persona no necesita pasar un examen de conciencia para merecer dignidad.
El valor humano no puede depender de ganar una prueba de capacidades. Tampoco una contra las máquinas.
Parado frente a esas obras no encontré una nueva definición de la humanidad. Me dieron una manera más concreta de pensar la pregunta.
Vivimos la vida desde adentro de un cuerpo, dentro de relaciones, dentro del tiempo. Dentro de necesidades que no escogimos y recuerdos que no podemos controlar por completo. Dentro de la extraña condición de ser un animal capaz de entender que su propia existencia es temporal.
El arte a veces hace visible esa condición. A veces a través de un campo violento de color. A veces a través de una figura que casi desaparece. A veces a través de una capa de pintura gris puesta encima de algo que ya estaba ahí.
Hay mucha conversación ahora mismo sobre hacer que las cosas se sientan más humanas. El branding se está volviendo más crudo. La tipografía, más irregular. Las imágenes, más táctiles. Los diseñadores están volviendo al papel, al grano, a la escritura a mano, al collage y a la imperfección visible.
Eso tiene sentido, al menos como tendencia. A medida que la producción sintética se vuelve más fácil, puede crecer el deseo de encontrar rastros de presencia humana.
Pero lo crudo, por sí solo, no es el valor. La IA también puede fabricarlo.
Sigo pensando en el gris de Tamayo. Alguien eligió ponerlo ahí. Generar una imagen y hacer una obra son cosas distintas. Un trazo importa porque alguien quiso decir algo con él. Una decisión pesa porque algo estaba en juego para el animal que la tomó.
Y ni siquiera la intención alcanza para explicar el valor humano. Tal vez el error fue pensar que el valor humano necesita justificarse con una capacidad.
Tal vez hemos pasado demasiado tiempo preguntándonos qué nos hace superiores, cuando la pregunta más difícil es por qué la superioridad tendría que determinar el valor en primer lugar. Llevamos siglos buscando otra cima donde pararnos.
No tengo una respuesta clara. Y en este tema desconfío de las respuestas claras.
Pero la inteligencia quizá ya no sirva como el atajo que fue. Estamos construyendo cada vez más de ella por fuera de nosotros, y eso puede obligarnos a enfrentar una pregunta que llevamos mucho tiempo aplazando.
¿Cuánto vale un ser humano hoy, cuando la inteligencia deja de ser exclusivamente humana?
Fuentes
Noticias
- La Casa Blanca. “Inaugurating The Era of Super Intelligence”, Orden Ejecutiva 14434. 29 de septiembre de 2026.
- La Casa Blanca. “Fact Sheet: President Donald J. Trump Inaugurates The Era of Super Intelligence.” 29 de septiembre de 2026.
- Nextgov/FCW. “White House unveils ‘super intelligence’ executive order and industry accord.” 29 de septiembre de 2026.
- Reuters, publicado en The Nightly. “Donald Trump set to host executives of AI firms at White House to address potential risks of the technology.” 30 de septiembre de 2026.
- Reuters, publicado en The Star. “OpenAI takes on Meta with dots agent in autonomous AI push.” 30 de septiembre de 2026.
- OpenAI. “Introducing dots.” 29 de septiembre de 2026.
- OpenAI. Registro de cambios de la API, entradas del 10 y el 29 de septiembre de 2026.
- OpenAI. Resumen de DevDay 2026.
- OpenAI. “Introducing the Agents API.” 10 de septiembre de 2026.
Ciencia
- Homo sapiens: Linneo, C. (1758). Systema Naturae, 10.ª edición.
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- Memoria: Clayton, N. S. y Dickinson, A. (1998). Episodic-like memory during cache recovery by scrub jays. Nature 395.
- Planeación: Raby, C. R. et al. (2007). Planning for the future by western scrub-jays. Nature 445.
- Cooperación: Wilkinson, G. S. (1984). Reciprocal food sharing in the vampire bat. Nature 308.
- Comunicación: Seyfarth, R. M., Cheney, D. L. y Marler, P. (1980). Monkey responses to three different alarm calls. Science 210.
- Cultura: Whiten, A. et al. (1999). Cultures in chimpanzees. Nature 399.
- Inteligencia y cuerpo: Varela, F. J., Thompson, E. y Rosch, E. (1991). The Embodied Mind. MIT Press. Barsalou, L. W. (2008). Grounded cognition. Annual Review of Psychology 59.
- Emoción: Panksepp, J. (1998). Affective Neuroscience. Oxford University Press. Anderson, D. J. y Adolphs, R. (2014). A framework for studying emotions across species. Cell 157. LeDoux, J. (2012). Rethinking the emotional brain. Neuron 73.
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- Miedo: Öhman, A. y Mineka, S. (2001). Fears, phobias, and preparedness. Psychological Review 108.
Arte
- Museo Tamayo. Tamayo, Nieto, Toledo. Los años en París. 20 de agosto de 2026 al 15 de febrero de 2027.
- La Jornada. “Muestra reúne más de 100 obras de los oaxaqueños Nieto, Tamayo y Toledo.” 1 de septiembre de 2026.